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  • Lidia Siori

CAMINO HELADO

Emprendimos un viaje hacia un nuevo destino, decidimos explorar y descubrir. Carretera arriba, por la estrecha cordillera, íbamos viendo como los negros tejados de pizarra de las casas de los pueblos colindantes se tornaban cada vez más grisáceos, para acabar completamente cubiertos por el más puro blanco de la nieve a medida que el camino iba inclinando su pendiente.

Era una imagen mágica y melancólica. Un océano de casitas de madera en la lejanía que se confundían con la paleta cromática de las montañas y que, aunque bellísimo, adquiría un cariz manchado de soledad y ostracismo.


El frío era intenso, y el viento soplaba con fuerza la nieve que se deshacía al chocar contra los cristales del vehículo. Podía notar como la carretera se helaba a cada paso y una sensación de intranquilidad se adueñó de mí por unos minutos.


De golpe un túnel, la oscuridad, el silencio de la tarde al caer, y el silbido del viento a nuestra espalda. El camino es largo, pero todo se esfuma al cruzar la portada del mismo. Una luz intensa y clara nos envuelve, y el calor de un sol invernal y radiante nos recibe bajo un cielo azulísimo que baña montañas de resplandeciente nieve.


Habíamos llegado a otro mundo. Era como si aquel túnel nos hubiera teletransportado al paraíso y toda la angustia posterior hubiera sido el precio a pagar por la recompensa otorgada.


Habíamos llegado a nuestro destino y no podía ser más idílico ni mejor. El aire era frío y suave, el sol lucía radiante y calentaba nuestras mejillas, la nieve brillaba bajo nuestros pies cuál diamantes y la montaña nos invitaba a disfrutar de aquel paisaje de ensueño.


A veces encontramos caminos difíciles, carreteras complicadas, ambientes inhóspitos, pero nunca hay que olvidar que si somos valientes y seguimos conduciendo con determinación al final del túnel nos pueden esperar sorpresas maravillosas.






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